Entre Líneas de Liderazgo: Selecciones de un Headhunter (56)
Michael Douglas, camisa blanca, corbata suelta, mirada perdida. Todos recordamos la escena de Un día de furia: un hombre atrapado en un atasco, el calor quemando el asfalto, los coches que no avanzan y la sensación asfixiante de estar encerrado en un lugar del que no hay salida. A partir de ahí, su frustración no deja de crecer hasta que, inevitablemente, estalla.
No es casualidad que muchos identifiquen esa metáfora con lo que ocurre en algunas oficinas hoy. Porque para muchas compañías, el regreso presencial se ha convertido en una especie de atasco organizado: obligar a todo el mundo a volver sin más propósito que "llenar sillas".
Y lo pienso muchas mañanas cuando paso por la zona de las Cuatro Torres en Madrid: ves los coches parados, las ventanillas bajadas, alguna corbata floja, un gesto de frustración en la cara… y no puedo evitar imaginar que, si a esos conductores les pusieras unas gafas, estaríamos viendo a Michael Douglas rodando Un día de furia versión castellana. (Lo digo en broma, pero la escena se parece demasiado).
El error de las obligaciones
Hay empresas que creen que la presencialidad automática crea cultura. Que más roce = más equipo. Que más horas juntos = más productividad. Pero ya sabemos que esa ecuación es falsa.
La realidad es que, si no hay un para qué claro, la oficina se convierte en una rueda de hámster. Da vueltas, pero no avanza. Y esa sensación es letal para el talento: desmotiva, erosiona la cultura y aumenta la rotación.
Y para rematar, muchas oficinas post-pandemia rediseñaron sus espacios pensando que habría más rotación y menos presencialidad. ¿El resultado? Ahora intentan meter en el mismo espacio al doble de personas. Lo que antes era un lugar de trabajo se convierte en otra película: Los Juegos del Hambre. Pero en vez de luchar por la supervivencia, la batalla diaria es por encontrar una silla libre donde sentarse.
Mi visión: flexibilidad con propósito
Para mí, la flexibilidad no es un lujo, es un principio. No significa trabajar menos, sino trabajar mejor. El reto está en equilibrar tres factores clave:
- Responsabilidad: cada persona debe saber organizarse, enfocada en sus objetivos y en la calidad de lo que entrega.
- Voluntariedad: la oficina no debe vivirse como una imposición, sino como un recurso. Un lugar al que se acude porque aporta valor, no porque lo diga un reglamento.
- Valor: la presencialidad solo tiene sentido si suma. Si la experiencia en la oficina genera más motivación, aprendizaje y conexiones que quedarse en casa.
La verdadera magia ocurre cuando alguien decide venir porque sabe que ese día encontrará algo que no puede tener en remoto: una conversación que le abre un camino nuevo, una lluvia de ideas que prende en la pizarra, una comida en la que surge confianza.
Cómo darle propósito a la oficina
Flexibilidad con propósito no significa dejarlo todo al azar. Supone diseñar experiencias y dinámicas que hagan que el tiempo en la oficina merezca la pena. Algunas ideas concretas:
- Convierte la oficina en un lugar de aprendizaje. No solo con formaciones, también con espacios donde compartir buenas prácticas, microcharlas entre compañeros o mentoring cruzado.
- Diseña encuentros de alto valor. Que no todo sea "trabajo de escritorio": organiza sesiones de creatividad, workshops, reuniones que se disfruten por la calidad del intercambio.
- Cuida la logística. Accesos más fáciles, flexibilidad de horarios, parkings u otras opciones de transporte. Lo práctico también suma al propósito.
- Crea momentos culturales. Ritualiza los cafés, desayunos de equipo o celebraciones pequeñas. Lo simbólico construye más cultura que la obligatoriedad.
- Haz visibles los resultados. Mostrar lo que se logra cuando se trabaja juntos en persona refuerza el valor de la presencialidad.
- Un lugar para agradecer y reconocer en persona a tu equipo.
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El equilibrio necesario
Es cierto: en remoto se puede hacer casi todo. La tecnología nos permite avanzar, colaborar y entregar. Pero es más difícil construir cultura sin verse. Por eso no se trata de elegir entre oficina o teletrabajo, sino de entender cuándo y por qué merece la pena venir.
Si no damos ese sentido, caemos en la trampa de Un día de furia: personas atrapadas en un atasco físico… o en un atasco mental.
Y eso es lo que debemos evitar. Porque, al final, el reto no es retener talento, sino cultivarlo. Y para cultivarlo necesitamos espacios con propósito, momentos que sumen y personas que quieran estar. No porque las obliguen, sino porque sienten que ahí pasa algo que merece la pena.
👉 La oficina no debería ser un atasco. Debería ser un lugar donde el talento respira, crece y se multiplica.
